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2019-07-06    01:22:09

COLETTE, EBULLICION DE LA FRANCIA DE ENTRE DOS SIGLOS

Una mujer que lee es peligrosa. y en 1900, en el París de la Exposición Universal, de la primea línea del Metro y de los cambios estéticos en todas las artes, lo era mucho más. En ese contexto nacería Claudine en la escuela, primera novela de una popular saga que trastornó las categorías de identidad sexual de principios del siglo XX, colocando a Sidonie-Gabrielle Colette (1871-1954), como una trasgresora de su época.

Pero ¿quién fue esta mujer irreverente que pasó de esclava literaria de su primer marido a amante de la sobrina de Napoleón III; que se convirtió en la primera mujer en ingresar a la prestigiada, pero masculina Academia Goncourt, la cual presidió entre 1949 y 1954, y que, no obstante su escandalosa existencia, llegó a recibir la Legión de Honor y a ser sepultada con honores de Estado?

La respuesta es fácil: una mujer adelantada a su época, que rompió los convencionalismos y cánones establecidos y vivió a plenitud bajo la premisa de que lo más importante era ella misma; una mujer que antepuso la vida a la literatura, pero que gracias a esa vida pudo crear una obra literaria que dejó huella en Francia y el mundo.

Cuentan que aprendió a leer desde los tres años, impulsada por su madre, quien le inculcó además de su herejía y su sed de libertad, su gusto por autores como Balzac y Alphonso Daudet, a los que Colette leyó de niña y releyó con frecuencia.

También admiró a Marcel Proust (1873-1922), a quien conoció, mantuvo cierta amistad y profesó no sólo simpatía, sino admiración profesional; a Rudyard Kipling y Joseph Conrad; a Paul Verlaine y a Laconte de Lisle, y especialmente a Edgar Allan Poe, por intermediación de Charles Baudelaire. Además, fue una devoradora de libros de ciencias y viajes.

Con todo ese bagaje no es de sorprender que se viera deslumbrada y enamorada de su primer marido, el crítico musical Henry Gauthier Villars, muchos años mayor que ella y quien aprovechó su talento para pagar los dispendios de su licenciosa vida. Dicen que incluso la llegó a encerrar por 16 horas consecutivas en su empeño porque continuara la saga de Claudine, que él firmaba como propia y que tras su primer éxito quería mantener viva a como diera lugar.

De esos empeños nacieron entre 1901 y 1903 las novelas Claudine en París, Claudine casada y Claudine se va, que dieron continuidad al diario de la colegiala de 16 años, y que se integraban de los recuerdos y primeras experiencias sexuales de la propia Colette. La última de éstas reflejaba la ruptura de la pareja y el inicio de la liberación de la autora que, a partir de su divorcio en 1906, se desarrolló también como actriz de music hall, periodista y dueña de un salón de belleza donde maquillaba feamente a sus clientas.

El empujón debió dárselo el propio éxito de sus libros y el fenómeno de mercadotecnia que desató con la venta de medio millón de ejemplares, tazas decoradas, carteles y todo tipo de accesorios en torno a la figura de la colegiala desenfrenada, que, según su biógrafa, Judith Thurman (Los secretos de la carne), era “el modelo de la adolescencia moderna”.

Para los críticos, el aporte de su obra pasó por la construcción de una narradora-personaje que se convirtió en el símbolo de la mujer joven, libre, promotora de importantes mutaciones en las costumbres y valores de la época.

Su obra, coinciden, más que una crónica libertina, narrada con frescura y osadía, es el reflejo de un mundo burgués entre dos siglos, en el que coexistían las buenas formas con las pasiones prohibidas, y el desenfreno urbano con el libertinaje provinciano.

En medio de un París desenfrenado, ávido de trasgresiones, Colette se hará amante de Mathilde de Morny, aristócrata, lesbiana, travestida, ex drogadicta, conocida como Missy, con quien se interna en el music hall recorriendo Francia como gitana, fauno o gato, desnuda o en taparrabos, en una época en la que dedicarse al teatro era sinónimo de prostitución, destaca un artículo de XLSemanal, publicado a finales del año pasado.

Su vida daría luego un giro, cuando en 1912 se casa con Henry de Jouvenel, con quien tiene una hija, incursiona en el periodismo y se vuelve crítica de teatro; sin embargo, sigue escribiendo y también escandalizando, como cuando se evidencia su infidelidad con su hijastro de 17 años, cuando ella alcanzaba los 40.

Acabado el matrimonio en 1923, Colette escribe Cheri y Le Blé en herb, antes de conocer a Maurice Goudeket, con quien se casa en 1935 y vio por ella en sus últimos años, cuando problemas de cadera la atan a una silla de ruedas. En esa época escribe Gigi (1944), una novela que aborda la condición de las mujeres de clase humilde que deben aferrarse a la tabla de salvación de la prostitución.

Un trabajo que muestra su preocupación por la manera en que la mujer (y cada mujer) afronta su posición en la vida, en la sociedad y en las relaciones, y que le valió un gran éxito tras ser adaptada a la pantalla grande en 1958, bajo la dirección de Vincent Minnelli.

Al finalizar la Segunda Guerra Mundial, Colette ya es una gloria nacional, admirada por lectores y crítica. Académica en Bélgica, la celebran los más grandes autores de mediados de siglo, desde André Gide, Paul Valéry, Jean Cocteau, Francois Mauriac, Paul Claudel hasta otros más jóvenes como Louis Aragon, Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir.

Su obra se traduce con éxito en el mundo entero y se multiplican las adaptaciones cinematográficas de ella. La República francesa la condecora y en agosto de 1954 le rinde funerales de estado.

CON PROUST, ADMIRACIÓN RECÍPROCA

Nacidos con apenas dos años de diferencia, Colette y Proust son dos autores tan similares como inconexos, unidos por diversas circunstancias como el apego por la madre, ciertas preferencias afectivas y la admiración recíproca que sienten por la obra del otro, pero separados fundamentalmente por la forma de vivir sus circunstancias, primero porque mientras Proust vive enclaustrado, mientras ella crece libre y silvestre.

Ya adultos, ambos frecuentan los salones literarios de París, pero mientras ella da rienda suelta a sus pasiones y no evita evidenciar su bisexualidad, él mantiene a buen resguardo sus inclinaciones hacia el mismo sexo; y si bien se encuentran en su amor por la lectura, por la lengua que evoca y seduce y su gusto por las palabras se desencuentran en su literatura.

Se sabe que se frecuentaron poco, pero mantuvieron intercambio epistolar a partir de 1912, cuando Louis Robert, un amigo cercano a Proust, los presenta para quedar bien con Colette, a quien pretendió en vano. Proust le envía algunos adelantos de Por el camino de Swann, la primera parte de su obra maestra En busca del tiempo perdido, y Colette intuirá desde entonces el valor de esos textos, admitiendo que nadie había escrito páginas similares.

La escritora francesa Armelle Barguillet (1939), autora de los ensayos Proust ou la recherche de la rédemption (Proust en busca de la redención) y Proust et le miroir des eaux (Proust y el espejo de las aguas), quien profundizó en esta serie de características que los hacían parecidos y a la vez muy diferentes, sentencia: mientras para Proust la escritura era todo, ella amaba demasiado la vida como para consagrarse sólo a las letras.

Entre la escritura y la vida, ella optó por la segunda, lo cual no le impidió escribir mucho y muy bien hasta su muerte, y fue hasta su edad madura en que se vio cautivada por la permanencia de la memoria y por el regreso al país de la infancia. Al final, concluye, uno y otro, a través de su escritura, tuvieron el privilegio de vivir muchas vidas.




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