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2019-07-06    01:22:43

TRAS LA HUELLA DE MARCEL PROUST

Hablar del escritor francés Marcel Proust (1871-1922) es nadar en aguas profundas, llenas de los peligros que suponen el análisis simplista o los lugares comunes a los que muchos recurren ante la imposibilidad de dar fin a las tres mil páginas que integran su obra cumbre En busca del tiempo perdido, por la cual es considerado, junto con Franz Kafka y James Joyce, uno de los más grandes innovadores de la prosa moderna del cambio del siglo XIX al XX.

Heredero de la gran tradición novelística francesa que sustentaron plumas como Emile Zolá, padre del Naturalismo, y Honorato de Balzac, autor del megaproyecto de La comedia humana, Proust es dueño de una complejidad tan grande como la riqueza con la que crea atmósferas y personajes a partir de un exhaustivo ejercicio de la memoria.

En México ha habido grandes lectores de Proust, desde Edmundo Valadés, quien, aunque cultivó el género breve, lo leyó de manera permanente para abrevar sobre la confección de ambientes y personajes que perfilaron el terror psicológico de sus relatos, hasta Carlos Monsiváis, para quien la cultura mexicana no se podía explicar sin mencionar autores fundamentales, como Carl Marx, T.S. Elliot, Ernest Hemingway, Paul Valery o Marcel Proust.

Otro de sus lectores más asiduos es Héctor Orestes Aguilar, narrador, ensayista, editor y diplomático cultural, quien charló con Litoral sobre el porqué es importante Proust, porqué su obra, a la que considera uno de los puntales de la modernidad de la novela, sigue siendo fundamental, y cómo puede leerse en el actual contexto, en el que los hábitos de lectura son diferentes a los del siglo pasado.

A Proust, dice, se le debe ubicar aún dentro de una tradición literaria robusta, enraizada en la novela total, que se desarrolla con la idea de hacer todo un mosaico social, psicológico y cultural de una época. Desde luego, no es una obligación leerlo, pero quién se atreva a hacerlo por completo, se verá recompensado con elementos fascinantes y permanentes hallazgos, porque es sumergirse en la vida y las atmósferas de la transición de dos siglos.

CÓMO LEER A MARCEL Y NO MORIR EN EL INTENTO

Desde luego, para un lector del siglo XXI puede ser más que difícil leer En busca del tiempo perdido, cuya fama de ardua se ha ganado a pulso. Pero para no sucumbir en el intento, lo primero que hay que hacer es despojarse del miedo a toparse con una obra tan extensa, que implica una alta demanda de dedicación y hasta una actitud distinta de lectura. Quien lee a Proust debe tener mucha paciencia, tiempo e imaginación para ponerse en la piel de un lector de otra época.

Para los lectores acostumbrados a obras más lineales y desarrolladas con una dinámica actual, más cercana a la del cine, Proust será muy ajeno, por eso lo mejor es leerlo con pausas, empezar acaso Por el camino de Swann y luego ir de a poco, para ir desentrañando la propuesta de este ambicioso autor.

El que se acerque al novelista francés tiene que saber que, aunque en primera instancia no entienda todo lo que está sucediendo, porque ese andamiaje tarda mucho en cobrar forma, en algún momento ese universo tendrá sentido, pues no es una literatura que dibuje escenas o sucesos fácilmente identificables, y justo su enorme poder es que va creando atmósferas y personajes con mucha pausa y esta lentitud es lo que puede desesperar a muchos, que tendrían que recordar que en esa época no existen los medios electrónicos y menos las narrativas que exigen los tiempos de hoy; quien quiera disfrutar a Proust debe saber que está ante un desafío, pero que al final vale mucho la pena.

Porque el trabajo de Proust, a diferencia del de Joyce o del de Kafka, está centrado en la fuerza evocativa que va reconstruyendo atmósferas, acontecimientos y sucesos, recursos típicos de la novela, pero de una manera lenta y destallada; se trata de una narrativa asociativa que escudriña la memoria de una manera refinada y con un orden que pocos autores tienen. En él, su gancho no está en sus primeras páginas, va produciéndose poco a poco a lo largo de los volúmenes de ese gran experimento novelístico que es En busca del tiempo perdido.

PROUST, MAESTRO DE NUEVAS GENERACIONES

En la obra de Proust destacan, entre muchos otros elementos, la forma en que dividió sus libros, el orden, la pulcritud, el refinamiento de la prosa, que es muy decantada, donde los personajes son descritos con precisión y una visión casi quirúrgica de sus acciones, reacciones y psicología, de tal forma que leer a Proust hoy es nutrirse de una enorme escuela estética para aprender cómo narrar, construir personajes y desarrollar ambientes, además de escudriñar la memoria en la búsqueda de la materia prima de una novela.

Creo que el esmero con el que desarrolla su prosa tiene que ver con el esfuerzo que hace para extraer de la memoria el mayor número de materiales posibles de novelar. Hoy pueden encontrarse esfuerzos enormes por desarrollar la memoria para escribir libros, pero no hay ninguno como Proust que se adentre en tanto detalle, en los recovecos de sus personajes para ofrecer todo un mundo recóndito, insospechado, con elementos absolutamente imprevisibles que son lo que hace fascinante su novela.

Porque no es lo mismo contar una historia a partir de una trama lineal, que escudriñar en la memoria e ir asociando elementos de una forma simultánea, en un mosaico de voces que transcurren en un aparente caos, pero que son muy ordenados. Quizá no haya otro autor donde las nuevas generaciones de aprendices de escritores puedan conocer tanto.

Un escritor francés que también hizo grandes proyectos narrativos fue Roger Martin Du Gard, quien optó por historias genealógicas, como Los Thibaults, pero ni de lejos se acerca a Proust, porque no tiene este espíritu sinfónico que da el ejercicio memorialístico que caracteriza la obra del también autor de Contra Sainte-Beauve.

Otros autores que recogieron de cierta forma su legado fueron los austriacos del siglo XX, Robert Musil, Hermann Broch y Heimito Von Doderer, quienes apostaron por novelas totales, pero que no usan los mismos recursos para escudriñar la memoria. Fueron grandes prosistas que continuaron el proyecto de la gran novela proustiana, pero no tienen su capacidad.

EL LEGADO PROUSTIANO UN SIGLO DESPUÉS

Otra de las cosas que hay que ponderar de Proust es que incorporara a muchos artistas de la época simbolista y parnasiana francesa como personajes de su novela, y uno de los más entrañables es Marcel Schwob, escritor, crítico literario y traductor francés, quien aparece en pasajes de En busca del tiempo perdido, y fuera gran influencia para escritores como el argentino Jorge Luis Borges, el mexicano Juan José Arreola o el chileno Roberto Bolaño.

“Agradezco que incorpore a personajes de la cultura de la época y los presente transformados, el aporte de Proust a esta literatura es construir un universo singular y haber intentado construir una época a través de sus narraciones, emulando a Zolá, esta visión tan ambiciosa resulta imposible en nuestros días porque la industria no se permite estos experimentos tan ambiciosos y porque tampoco hay un lector comprometido en enfrentar un desafío como el planteado por Proust.

“Lo más importante de su obra es haber podido estar en el tiempo preciso para emprender una tarea comparable a muy pocos otros proyectos estéticos en la historia, como los de Balzac y Benito Pérez Galdós”.

Si bien no hay nada que se le compare hoy, sí hay autores que se han visto, en mayor o menor medida, influidos por la literatura proustiana, por trabajar con la memoria. Aunque de una forma más ceñida, es el caso de Harold Pinter, donde se perciben esos recursos, tanto en sus obras como en los guiones, en los que adaptó obras literarias de otros escritores para el cine.

Muy proustiano es el que le sirve de epígrafe a José Emilio Pacheco en Las batallas en el desierto, L. P. Hartley, autor de El mensajero, quien inspira al mexicano en la construcción de un relato que, si bien es conciso, tiene cierta vena proustiana, no por su extensión, sino por la capacidad de la memoria para regresar y reconstruir en pocos trazos toda una época.

También mexicano, está Carlos Tello Díaz, quien en El exilio. Un relato de familia ofrece un ejemplo muy claro de esta influencia, tanto por el manejo del tiempo, como por su pulcro plan narrativo, muy refinada prosa y el dominio de los recursos de la memoria.

Lo que los herederos de Proust han aprendido, asegura Orestes, es a manejar registros sentimentales, emocionales, derivados del ejercicio de la memoria. Carlitos, protagonista de Las batallas…, sí encarna una sensación de duelo por una época concluida, que recorre de principio a fin la novela, pero al mismo tiempo es algo que va más allá del sentido de la catástrofe, porque estás viendo algo que no volverá a ser igual nunca, pero al mismo tiempo, al estarlo recuperando le das una vida que no tuvo.

Porque la nostalgia por el tiempo vivido, que es diferente a la melancolía, te da la oportunidad de inyectarle vida a los recuerdos y es lo más importante en esta tradición. Para un narrador contemporáneo que quiera conocer las delicadezas de los recursos de la memoria, con el fin de construir los suyos, sólo podrá hallarlo de manera íntegra en Proust, poseedor de una gama inacabable de facultades para recrear la nostalgia, revivir los recuerdos e internarse en los laberintos de la memoria.




NTX/MCV/LIT19


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