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2019-09-07    00:22:12

LITORAL

FRAGMENTO IZUMI KYOKA

El quirófano (1895)

I

A decir verdad, fue por curiosidad. Lo cierto es que valién-

dome de mi profesión de dibujante como excusa, forcé a un

médico, Takamine, con quien tenía una relación casi frater-

nal, a que me permitiera ver en un hospital del distrito de

Tokio la operación de la condesa Kifune, en la cual él iba a

empuñar el bisturí.

Ese día, pasadas las 9, salí de casa e hice el rickshaw (1) se

apresurara al hospital. Cuando me dirigía al quirófano, me crucé

en el corredor con dos o tres atractivas mujeres, con aspecto de

servir en alguna casa de nobles, que venían de trasponer una puerta.

En medio de ellas iba una niña de unos siete u ocho años

Que vestía un abrigo (2), y me quedé mirándolas hasta que des-

aparecieron de mi vista. Por el corredor que llevaba de la en-

trada al quirófano y luego en los pasillos que conducían des-

de éste a las salas de los pacientes, ví a un caballero con frac

largo, a militares con uniforme, a un personaje con haori (3) y

hakama (4), además de señoras y señoritas distinguidas, todos de

aire aristocrático, se reunían, conversaban y estaban de pie

como tejiendo una trama. Esto explicaba la presencia frente al

hospital de varios carruajes importantes. Algunas de estas per-

zonas tenían expresión de dolor, o de preocupación, otras se

mostraban inquietas, y entre todas creaban una sensación de

intranquilidad con el ruido nervioso de sus pisadas, o de los

zori (5) que resonaban extrañamente contra el alto techo desolado

(1) Vehículo con tracción humana

(2) Hifu: abrigo

(3) Prenda que se utiliza como casaca

(4) Pantalones sueltos

(5) Sandalias.

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del hospital y los grandes muebles, y en el largo corredor. El

ambiente se percibía lúgubre con estos sonidos.

Después de un rato entré al quirófano.

El médico, con un asomo de sonrisa en sus comisuras,

Estaba frente a mí, con los brazos cruzados y recostado contra

El respaldo de la silla. No era la primera vez que sucedía, pero

no debe haber habido nadie que, como él, bajo la responsa-

bilidad de ver recaer sobre sí las tristezas y alegrías de nuestra

alta sociedad, actuara tan sereno e inconmovible, como si asis-

tiera a una cena de gala. Lo secundaban tres ayudantes y un

doctor asistente, y cinco enfermeras de la Cruz Roja, algunas

con condecoraciones en el pecho, que supongo les habría otor-

gado alguien de alcurnia. No se veían otras mujeres. Los otros,

el duque de tal, el marqués de cual, el conde de al eran parien-

tes y testigos presenciales. Entre ellos, un hombre, con una

expresión que sería imposible adjetivar, se levanta desanima-

damente: es un conde, el esposo de la paciente.

La condesa, observada por todos y objeto de la preocupa-

ción de quienes aguardan afuera, ha sido instalada sobre la

mesa de operaciones, en el centro del quirófano. Este está ilu-

minado como para denunciar hasta el menor polvillo que

pudiera haber, y produce una impresión de algo incomprensible

y hostil. La condesa viste una bata blanca inmaculada, y yace

acostada como un cadáver; el color de su cara es de una blan-

cura extrema, la nariz alta, el mentón aguzado, las manos y las

piernas tan delicadas que no soportarían ni el peso de una

seda fina. Los labios están descoloridos y apenas se entreven,

cual perlas, sus dientes incisivos; los ojos permanecen fuerte-

mente cerrados, pero las cejas dan la sensación de estar leve-

mente fruncidas. El cabello, apenas sostenido por un lazo, se

desparrama sobre la almohada y cae sobre la mesa.

Tan pronto vi la figura de la paciente, tan tenue, noble,

Pura, distinguida y bella, sentí un escalofrío.

Miré al doctor y no se le percibía la más mínima perturba-

ción, de lo veía sin pesadumbre; su postura traslucía tranquili-

dad de espíritu, y era el único que allí estaba sentado. Su acti-

tud podía calificarse como confiable, pero a mí, luego de ver a

La condesa, me resultaba odiosa.

En ese momento entró recatadamente una dama de com-

pañía, la que más se destacaba entre las tres con las que acaba-

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ba de cruzarme por el corredor. Con tristeza le dijo al conde

Kifne:

--Señor, la niña por fin ha dejado de llorar, y se encuentra

Tranquila en otra habitación.

El conde aprobó con un gesto.

Una enfermera fue hacia el médico.

--Señor.

--Bien.

Esta voz del doctor que contestaba con una palabra me

sonó como un poco temblorosa. De pronto se había alterado

ligeramente la expresión de su cara.

Aunque fuera una eminencia, en una situación como éste,

Tan asombrosa e irregular, seguramente tendría motivo para

verse preocupado, y me habría gustado expresarle mi solidari-

dad.

La enfermera interpretó la intención del doctor y dijo a

la dama de compañía:

--Ya es hora, así que háblele sobre aquello.

Ella comprendió y se acercó a la mesa de operaciones.

Saludó con una inclinación, llevando ambas manos a las rodi-

llas y se dirigió a la condesa:

--Señora, ahora le suministrarán el remedio. Le ruego que

Cuente o recite el abecedario.

La condesa no contestó.

La dama repitió con timidez el pedido:

--¿Me ha oído?

--Sí –fue lo único que respondió.

--Entonces, ¿está preparada?

-- ¿Para qué? ¿Para la anestesia?

--Sí, dicen que debe permanecer dormida hasta que finali-

ce la operación.

La condesa se quedó pensativa, en silencio.

--No, no lo hagan ---Su voz era firme.

Todos se miraron.

La dama intentó persuadirla.

--Si así fuera, no podrían curarla.

-- No me importa, aunque no se pueda.

La dama de compañía no supo qué contestar, y volvió

la cabeza para observar la expresión del conde. Este se adelantó

y dijo:

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-Señora, no diga tal despropósito. No puede ser que no

le importe su curación. No actúe caprichosamente.

El marqués intervino desde un rincón:

-Si plantea tales imposibilidades, deben traer a la niña

para que la vea. ¿Qué haremos si no mejora pronto?

-Entonces ¿consciente? –intervino la dama.

La señora negó con la cabeza pesadamente. Una enferme-

ra, con voz dulce, dijo:

-¿Por qué se rehúsa? No es nada desagradable. Uno se

adormece, y en seguida todo finaliza.

En ese instante, a la señora se le fruncieron las cejas y se le

torció la boca, y parecía que le era insoportable el dolor. Dijo

con los ojos apenas abiertos:

-Si me obligan, no puedo hacer nada. Yo guardo un se-

creto en mi corazón. Como dicen que la anestesia jace delirar

en sueños, tengo pavor de hacerlo. Si no pueden curarme sin

dormirme, no deseo el tratamiento. Suspendan todo por favor.

Por lo oído, la condesa tiene miedo de dejar escapar en

murmullos su secreto durante el sueño, y lo defiende hasta

con la muerte. ¿Cuál sería el sentimiento del esposo al escu-

charla? Si acaso dijera ella estas palabras en una situación nor-

mal, con certeza se generaría u problema, pero quienes están

a cargo de enfermos no deben preguntar sobre nada, más aún

conociendo el pensamiento de la condesa, que por su propia

boca, claramente, ha hecho saber que tiene un secreto que no

debe ser sabido por nadie.

El conde preguntó con suavidad:

-¿Es algo que no quieres que ni yo sepa?

-Sí, no puedo decírselo a nadie.

Su respuesta es tajante.

-Parece que no siempre se desvaría al aspirar la anestesia.

-Es algo tan importante para mí, que estoy segura de que

hablaré.

-Nuevamente con ese impedimento.

-Bueno, ya, dispénsenme.

Lo dijo casi desafiante, y se dio vuelta con intención de

darle la espalda, pero su cuerpo enfermo no le obedeció, y le

rechinaron los dientes.

A pesar de todo esto, el único que no había alterado la

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expresión de su cara era el cirujano. Un momento antes había

perdido la calma, pero ahora otra vez se lo veía muy

autosuficiente.

El marqués con una mueca dijo:

-Kifune, llegado este punto, debemos traer, como sea, a

la niña y mostrársela. Cejará en su obstinación, al ver su dulzura.

El conde asintió:

-Ven, Aya.

-Sí señor –Y la dama de compañía volvió hacia él.

-Trae a la niña.

Sin poder contenerse, la señora la detuvo.

-Aya, no es necesario que la traigas, ¿es que acaso no

pueden curarme sin anestesia?

La enfermera esbozó una sonrisa, como acorralada.

-Deben cortarle un poco el pecho, y si se mueve, corre

peligro.

-Me quedaré quieta, pueden cortarme pues no me mo-

veré.

No pude evitar sentir un escalofrío ante su increíble inge-

nuidad, pues difícilmente alguien sería capaz de soportar con

los ojos abiertos la operación de ese día.

La enfermera dijo nuevamente:

-Señora, es inevitable que le duela un poco, pues no será

lo mismo que cortarse las uñas.

La señora abrió bien grandes sus ojos. Su voluntad se ha-

bía reafirmado. Dijo con voz enérgica:

-El médico que me opera es el doctor Takamine, ¿verdad?

-Sí, es el jefe de cirugía. Pero ni el doctor Takamine po-

dría cortar sin causar dolor.

-Está bien. No me dolerá.

-Señora condesa, su enfermedad no es tan leve. Hay que

Levantar la carne, cercenar el hueso. Por favor, tenga paciencia.

Por primera vez, el asistente se expresaba con esa vehe-

mencia. Pero ella no se alteró.

-Lo sé, pero no me importa en absoluto.

-Por la gravedad de su mal, me parece que está alterada

-dijo sin ánimo el conde. A su lado, el marqués agregó:

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