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2019-09-07    00:24:01

LITORAL

POESÍA DE DOLORES CASTRO, A LA ALTURA DE CUALQUIER CONTEMPORÁNEO: ASBUN

Como una poeta de grandes vuelos, que con El corazón transfigurado llegó a estar a la altura de cualquier integrante del grupo Los contemporáneos; una mujer generosa que siempre da la mano u ofrece algún consejo, y como una amiga fiel que mantiene vivo para sí y para otros el legado de la también poeta Rosario Castellanos, así define el escritor, catedrático e investigador mexicano Jorge Asbun Bojalil a la maestra Dolores Castro Varela (Aguascalientes, 1923).

Asbun, quien en algún momento fue su discípulo y hoy conserva una buena amistad con Castro, compartió con Litoral su experiencia al lado de esta sobreviviente de las letras que, con 96 años a cuestas y algunos estragos visibles en su salud, aún recibe talleristas en su casa y responde entrevistas, muchas de las cuales versan más sobre su relación con Castellanos que con su propia obra, a pesar de ser la única poeta viva del llamado grupo de Los ocho, en el que figuraban además de ella y Castellanos (1925-1974), Javier Peñaloza (1921-1977), Alejandro Avilés (1915-2005), Octavio Novaro (1910-1991), Efrén Hernández (1904-1958), Honorato Ignacio Magaloni (1898-1974) y Roberto Cabral del Hoyo (1913-1999).

A Dolores Castro la conoció por medio de Enriqueta Ochoa (19028-2008), la quería entrevistar para el libro Algunas visiones sobre lo mismo, entrevistas a poetas mexicanos de la primera mitad del siglo XX, que salió hace algunos ayeres. “Recuerdo que cuando llegué a su casa, ahí estaba muy arreglada, y al entrar, la sensación de cruzar una especie de umbral entre lo citadino y la provincia; con un rinconcito lleno de plantas y un limonero, ahí estaba ella”, evoca el catedrático de la Universidad Autónoma del Estado de México (UAEM).

Ese ambiente tan relajado, la tersura de su voz y su paciencia fue lo que hizo que se diluyera la tensión que despertaba en él su admiración por la poeta, con quien, aunque suene trillado, enseguida pudo entablar una charla cordial que se prolongó por largo rato, como si de dos viejos conocidos se tratara, pero fue dos años después que se convirtió en su tallerista, pues a invitación suya comenzó a asistir a las sesiones que ofrecía en la Casa del Poeta, de esta capital.

Asbun ya había tomado talleres con Enriqueta Ochoa, Raúl Renán y, más en corto, con Alí Chumacero, sin embargo, el que tomó con Dolores fue muy particular porque, mientras Enriqueta Ochoa era muy puntual y si algo no le gustaba lo destrozaba, Castro siempre encontraba algo que podía salvarse de un texto literario.

“A mí me gustaba eso; de hecho, llegó a cambiar mi percepción, porque un día le dije, oiga, por qué les dice a todos que está bien, y me explicó: mira Jorge, quién soy para decirle a alguien que quiere escribir, que no escriba; y eso, que es algo muy sencillo, pero también muy profundo, me hizo recordar unos versos de Jaime Sabines, que dicen: “…no quiero que nadie me diga que la luna es diferente a la de mis sueños”. Y yo pensé: pues sí, es cierto. Ella decía, si está bien o no, el tiempo se va a encargar, yo no, yo por qué, y así, a todos nos dejaba un aprendizaje”.

El poeta no volvió a asistir formalmente a taller alguno con ella, por considerar que debía seguir su propia voz poética, sin embargo, se mantuvo atento a su obra, de la cual, expone, la que más llama su atención es aquella en la que rompe con su estilo conocido, como ocurre en A sombra luz, un poema de largo aliento en el que abole las formas estróficas y utiliza los blancos dentro del poema de una manera genial.

Para el estudioso, ese poema cierra un ciclo enunciado en El corazón transfigurado (1948), al que considera el más arriesgado de Dolores Castro, y que se publicara en la revista América; después, opina, entra en un trance de claridad, donde su poesía se entiende con más o menos matices, y viene A sombra luz para complicarse de nuevo. “Si unimos ambos y en medio desmenuzamos toda la obra, nos damos cuenta que toca los mismos temas que anunció desde un principio”, reflexiona el también crítico literario.

Con los años, el trato y el respeto correspondiente, Jorge le preguntó por qué no había seguido escribiendo poemas de largo aliento como los mencionados, que él considera la situaban a la altura de cualquiera de Los Contemporáneos, a lo que Castro confesó que había decantado por una poesía más simple porque quería ser más entendida, que sus letras no se quedaran en un pequeño grupo, lo cual, sostiene, él entiende, respeta, pero no comparte.

“Como amigo lo respeto, pero como crítico, estudioso y poeta extraño que no haya intentado más poemas de ese calibre”, agrega el investigador adscrito al Centro de Investigación en Ciencias Sociales y Humanidades de la UAEM.

SIEMPRE HUMILDE Y GENEROSA

Licenciada en Derecho y maestra en Literatura Española por la Universidad Nacional Autónoma de México, con posgrado en Estilística e Historia del Arte por la Universidad Complutense de Madrid, Dolores Castro ha mantenido siempre la misma actitud generosa y humilde, lejos de reflectores, pero siempre impulsando proyectos, tal es el caso de Radio UNAM, de la que es fundadora.

Como persona, resalta Asbun, siempre ha sido generosa, nunca se ha acercado alguien y no le ha dado atención, tiempo, orientación o un libro suyo, si lo tiene a la mano. Es un ser humano bondadoso en todos los sentidos, especialmente en cuanto a compartir sus conocimientos, prueba de ello es que hoy en día, muchos periodistas se le acercan para hablar de Rosario Castellanos, quien fue su gran amiga y murió hace 45 años.

“Creo que cualquier otro autor diría ya no voy a hablar de eso, pregúntenme de mi obra, pero ella, humildemente, como amiga entrañable que fue y sigue siendo, nunca se ha negado, vuelve a hablar de ella cuando la entrevistan en ocasión de algún aniversario, y hasta hace poco seguía viajando a Chiapas cuando la invitaban a hablar de la poeta comiteca, lo cual es de una calidad humana interesante, porque conozco autores que les preguntas por Roberto Bolaño y hasta maldicen”, pondera el autor de libros como Vibraciones desde el silencio. Antología de poemas de Raúl Renán.

Y es que Lolita, como le llaman sus amigos, entiende la literatura como algo que se tiene que transmitir y en ese sentido, ella cumple perfecto con ese fin, tanto en su propia obra como en la de los demás, porque no hace distinciones, y eso es muy relevante, sobre todo hoy que nos estamos quedando sin los grandes poetas, y que ya no hay generaciones como las de antaño, porque se habla de la generación de los 50, pero en realidad no hubo tal, porque después del grupo de Los ocho poetas, si acaso se puede hablar de la Espiga Amotinada, donde están incluidos Jaime Labastida, Juan Bañuelos, Oscar Oliva, Eraclio Zepeda y Jaime Augusto Shelley, a inicios de los años 60 y después ya nada igual, concluye el estudioso y crítico literario, quien recién volvió a plasmar su admiración por Castro en el libro Heredad de sombra, una antología de textos recuperados, cuya investigación, selección e introducción de su autoría rinden tributo a quien es considerada una de las mejores poetas de la primera mitad del siglo XX, y que, como toda su generación, vio mermado su reconocimiento, por su condición de mujer y la aparente incomodidad que representaba para la élite literaria de la época.




NTX/MCV/LIT19


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