Cargando el contenido...

2019-10-05    01:07:11

LITORAL

 FRAGMENTO CLAUDIO MAGRIS

A continuación, reproducimos un fragmento del libro No ha lugar a proceder, del escritor italiano Claudio Magris (Trieste, 1939), publicado por Panorama de narrativas, de editorial ANAGRAMA, la cual autorizó el uso de este material.

 

                                             Claudio Magris

                                        No ha lugar a proceder

                                Traducción de Pilar González Rodríguez.

                                                                             

                                                                                EDITORIAL ANAGRAMA

                                                                                        BARCELONA

 

                                                                                 A Francesco y a Paolo

                                                  I

         Submarinos usados: compro y vendo. El anuncio en el Pic-

colo Banditore era del 26 de octubre de 1963: evidentemente él

-empujado por las deudas, olfateando promesas millonarias de

Varias administraciones públicas e incluso de ministerios, estran-

gulado por los usureros, perseguido por los propietarios de terre-

nos y de los hangares donde había acomodado sus aeroplanos y

sus puentes militares bombardeados- se había visto obligado a

poner en venta alguna reliquia de considerables dimensiones,

pero en el preciso momento en que se disponía a vender, sus

Furias se habían adueñado de él, y había intentado también com-

prar –no se sabe con qué dinero, pero comprar en cualquier

caso- sumergibles, Panzer o dragaminas.

         Podía ser el comienzo: la antecámara del Museo, nada más

entrar. En la pared de frente al acceso, una gran pantalla negra

encrespada por un temblor difuso, un rumor de agua al fondo;

su cara aparece en aquella oscuridad, una fotografía de principios

de los años setenta. Cabeza que emerge de las aguas negras, ojos

febriles, pícaros; líneas de sudor, gotas de agua recorren los pó-

mulos panonios. En medio de la sala, el submarino, un U-Boot

de la Marina imperial de la Primera Guerra Mundial, comprado

o adquirido quién sabe cómo. Submarinos usados: compro y

vendo. Voz pomposa, insinuante. Reconstruida, con una hábil

                                                                                         9

elaboración de varias grabaciones radiofónicas de Radio Trieste.

Un inocuo aviso económico que se convierte, gracias a la recons-

trucción de la voz –ensamblada, o sea, verdadera, absoluta, no la

casual y mutable del momento en que se habla-, en una incita-

ción, la oferta de un alcahuete en la sombra. Entrar en el Museo

como se entra en un night club, promesas de neón; puede ser una

buena idea, pensaba Luisa. Aunque faltaba la clave, la atracción

más buscada y comentada, aquellas famosas libretas. Un misterio

iniciático en el que falta la guinda, la espiga de trigo que consagra

al adepto.

        La familia había sido clara al respecto en la carta enviada al

Director del Corriere Adriatico, que apareció de forma destacada:

“…permítanos, como herederos suyos, expresa nuestro asombro

y nuestro pesar por el artículo publicado el 12 de marzo pasado

en su periódico. No logramos comprender con qué derecho y

autoridad se puede anunciar que también sus diarios (miles de

páginas divididas en cuadernos numerados, con diversas referen-

cias y adicciones) se ordenarán, junto a todo el vastísimo material

bélico, en el Museo dedicado a la documentación de la guerra

para exaltar la paz. Museo que, con una de sus ingeniosas pero

siempre razonadas imágenes, había decidido llamar “Ares para

Irene”, el dios de la guerra que se convierte en apóstol de paz-

Somos los primeros en alegrarnos de que la Fundación creada

por la Provincia y el Ayuntamiento haya decidido crear un Museo

sueño al que él dedicó la vida, reformando los palacetes, las ca-

ballerizas, los garajes y hasta la propia zona de hierba –rodeado

por la pista y adecuadamente cubierto- del viejo hipódromo.

Esperemos que esta vez el proyecto legue por fin a buen puerto;

Hace una eternidad que se habla de ello y que se ofrecen progra-

mas y promesas, un verdadero cuento de nunca acabar. Pero en

lo que se refiere a los diarios, éstos son y siguen siendo de nuestra

exclusiva propiedad, como herederos, aunque retorcidas y para

nosotros incomprensibles vicisitudes burocrático-judiciales han

sustraído de hecho, temporalmente, una parte a nuestra posesión,

                                                                                            10

pero no a nuestro derecho de disponer del modo que considere-

mos oportuno, bien entendido siempre en el interés no ya nues-

tro, sino de la ciudadanía, de la colectividad, de la humanidad,

siguiendo su ejemplo, el ejemplo de un hombre que en aras de

su misión, de su ideal, de su grandioso proyecto ha sacrificado

todo, carrera, bienes, salud, el bienestar de su familia, en resumen,

la propia vida.

“Estamos dispuestos, una vez más, a ceder todo –porque el

patrimonio moral del Museo es de todos-, a poner a disposición

de todos los cañones, submarinos, carros blindados y armas de

toda clase que él recogió a lo largo de su vida para documentar

los horrores de la guerra y la necesidad de la paz. - Es un escánda-

lo que durante años ninguna institución pública se haya encar-

gado de encontrar un ambiente adecuado donde instalar el

Museo. Pero en lo que respecta a los diarios en general y en

particular a los que han desaparecido misteriosamente, tan abun-

dantes de material valioso, pero también candente, como por lo

demás se ha dicho varias veces en el campo propio Corriere Adriatico,

estamos seguros, estimado Director, de que su periódico, cons-

ciente de la importancia y de la delicadeza de la cuestión, no…”

El periódico la había publicado en la tercera página, no en

la sección de las cartas al director, transformándola en un ar-

tículo relevante de la parte inferior de la página, con títulos y

subtítulos muy destacados. No era raro que quisieran, una vez

más, airear un poco el caso. Aquella historia siempre levantaba

polvareda, sobre todo después del proceso que, como sucede con

frecuencias en los procesos, había dejado las cosas menos claras

que antes. Luisa apartó el periódico, que había posado encima

de un paquete de cuadernos, libretas, hojas, dichas, CD, DVD

en los que estaba trabajando, para disponer, y si era necesario

añadir, las notas esbozadas por él mismo que habrían debido

ilustrar cada pieza del Museo, con sus funciones, su historia, la

de su inventor, la de la fábrica que la había producido, la de los

ingenieros y obreros que habían trabajado en ella, la de la unidad

                                                                                              11

militar a la que se había asignado, la de la batalla en que había

sido destrozada, la de quien la había conducido o apuntado o

cargado o había muerto entre su chatarra. Por ejemplo, pensaba

colocar aquella máquina dragaminas junto al rectificador de vapor

de mercurio; le parecía que casaban bien, muerte subacuática y

muerte entre exhalación de vapores, muerte procurada, evitada

o diferida, según, pero siempre muerte. La muerte se adapta bien

a los museos. A todos, no sólo a un Museo de la guerra. Cualquier

exposición –cuadros, esculturas, objetos, máquinas- es una na-

turaleza muerta y la gente se agolpa en las salas, llenándolas y

vaciándolas como sombras, se entrena para la futura estancia

definitiva en el gran Museo de la humanidad, del mundo, en el

que cada uno es una naturaleza muerta. Rostros como fruta caí-

da del árbol y dejada sobre un plato. Si bien él, precisamente en

este punto…

Luisa volvió al ordenador en la oficina que le habían asigna-

do cuando la Fundación le encargó la elaboración del proyecto

del Museo. Una sola estancia, aunque amplia, ganada a las caba-

llerizas. Le gustaba aquella habitación en medio de tantos grandes

espacios vacíos. Desde una de las ventanas veía algunas piezas ya

provisionalmente instaladas en el salón contiguo. Oblonga, algo

cilíndrica y verdosa, la máquina dragaminas recordaba a un ma-

natí, a alguna criatura marina que se mueve torpe pero silencio.

sa hasta caer sobre la presa. Fuera, por la tarde, las ramas de un

roble zarandeadas por el viento se dirigían hacia su ventana como

garrar, tentáculos angulosos saltaban de la oscuridad a la luz de

la farola y volvían a perderse oscilantes en la sombra, fallida la

presa, quién sabe aún por cuánto tiempo. Luisa se estremeció,

por un instante creyó sentir los años como una columna de agua

oscura que martilleaba en sus sienes, una migraña que le hacía

pensar absurdamente en el amor, o quizá en su final, que, al fin

y al cabo, para ella había sido casi siempre la misma cosa.

Aquel repliegue próximo a la boca, que por lo general gusta-

ba, no era en realidad una arruga, pero ella la sentía de vez en

                                                                                        12

cuando como una cicatriz. Un beso, un mordisco –también yo

me estoy volviendo como él, a fuerza de leer sus cartas hasta

confundirme con él y de ocuparme de sus ametralladoras y de

sus espadas; además, ahora que he tomado la costumbre de lle-

varme a casa por la noche algunas de esas cartas y fotografías para

estudiar cómo organizarlas hasta que me entra el sueño, termi-

naré por creer también yo que todo es sólo guerra y toda marca,

una cicatriz. –Paso el dedo suavemente por la hoja de una de las

espadas apoyadas de forma provisional en la pared; la línea que

dejaba en la piel era nítida pero desaparecía enseguida.

Es probable que él, pese a su horrible final, no supiera de las

cicatrices que todas las cosas dejan en el corazón; tal vez no sin-

tiera el bufido de la vida en la oscuridad y no viera aquella oscu-

ridad, tan entregado como estaba a mirar en la tierra, a excavar,

a buscar y a recoger aquellos objetos insensatos, monóxilos, es-

quirlas de granadas, escudillas abolladas, cornetas de campaña,

casquillos aplastados, espoletas. De noche, su antorcha ilumina-

ba sólo el terreno removido, los socavones, los fondos de las

dolinas, un casco oxidado que relucía entre la hierba.

Así había atravesado su noche, hecho polvo pero indemne,

Feliz con aquellas cosas frías y muertas que sacaba de la tierra o

Conseguía que le regalasen ejércitos en lucha o recogía en talleres

abandonados, sin darse cuenta de que la vida bullía a su alrededor

como en torno a los demás, amenazando con muerte y destruc-

ción, no la buena muerte ya muerta que no hace daño a nadie,

sino el vivo y continuo morir del cuerpo y del corazón, la luz cada

vez más débil en el alma, el frío en los huesos, más mortal que

las llamas que lo envolverían en su última hora, en el largo y

cómodo ataúd que había elegido para dormir en aquel cobertizo

junto a sus carros blindados, lanzamisiles y alfanjes amontonados

en desorden, aquella chatarra de todas las guerras que eran las

piedras militares de su existencia, el tanque adquirido en 1945, el

ténder de 1947, los fragmentos y la estructura del demolido

Ponte Verde giratorio, límite provisional entre el Canal y el mar.

                                                                                         13

Y él sólo con su ataúd en su almacén atiborrado de armas que

Esperaban el Museo y en el que se había declarado el incendio.

Su reino; suyo porque estaba deshabitado, evacuado de todos los

Vivos que impiden la paz porque para vivir necesitan la guerra,

hasta en casa, en la familia, en la cama –a veces, pensó Luisa,

tomando apuntes para la máquina dragaminas, cuando se des-

pierta temprano y la mañana apenas se adivina pálida detrás de

las persianas, escudriña, de almohada a almohada, como desde

una trinchera, el compañero dormido- No habrá ataque alguno

pero se está alerta, en la vaga espera del fuego. Cuando tuvo que

estudiar en la escuela la guerra de los Treinta Años, pensó inme-

diatamente en la familia, no en la suya, más bien…así, en gene-

al. Y ella, por su parte, todavía no había resuelto si era un bien

o un mal no tener una propia y por qué, cuando pensaba en ello,

sentía un instante el corazón vacío.

Él dormía en su ataúd, no muerto aún pero tranquilo y se-

reno, como si ya lo estuviese, como hora, que estoy rebuscando

entre sus cartas como si fueran su polvo, cenizas de carne que-

mada que sólo los investigadores habían podido distinguir,

aquella noche -también la mañana siguiente cuando los bombe-

ros, después de muchas horas, habían apagado el incendio-, de-

la ceniza de la madera del ataúd quemado con él. Tal vez había

tenido miedo de morir, pero no de la muerte; entre los jeeps,

bayonetas, sables y cananas se sentía seguro como entre las estatuas

y las lápidas de un cementerio donde la espada, blandida por un

caballero de mármol que vela una tumba, nunca baja para atacar

con violencia. Había escrito, contaban, el propio presidente de

Estados Unidos, pidiéndole el sistema de disparo. Norden que

Había lanzado la boba en Hiroshima.

                                                                                      14

                                            (…)

 

 




NTX/MCV/LIT19


32