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2019-10-12    00:26:34

LITORAL

A continuación reproducimos un fragmento de la novela Sobre los huesos de los muertos de la escritora polaca Olga Tokarczuk, ganadora del Premio Nobel de Literatura 2018, cortesía de la colección Hotel de las letras de la editorial Océano.

                                               OLGA TOKARCZUK

                                    SOBRE LOS HUESOS DE LOS MUERTOS

                                             Traducción de Abel Murcía

                                             Océano/Hotel de las letras

                                                                                       A Zbyszek y a Ágata

                                                       I

Aunque antes fue sumiso, al verse en una senda peligrosa

el hombre justo

entró al valle de la muerte.

He llegado a una edad y a un estado en que

cada noche antes de acostarme debería lavarme

los pies y arreglarme a conciencia por si tuviera

que venir a buscarme la ambulancia.

Si aquella noche hubiera consultado el libro de las efe-

mérides para saber qué sucedía en el cielo, jamás me hubie-

ra ido a acostar. Pero en lugar de eso caí en un sueño

profundo, gracias a una infusión de lúpulo que acompañé

con dos pastillas de valeriana. Por eso, cuando a mitad de la

noche me despertaron los golpes en la puerta –violentos y

desmesurados, y por lo tanto, de mal augurio–, me costó re-

cuperar la conciencia. Salté de la cama, y me puse de pie

con el cuerpo tembloroso, tambaleante y a medio dormir,

incapaz de saltar del sueño a la vigilia. Sentí que me marea-

ba y di un traspié, como si fuera a desmayarme de un mo-

mento a otro –algo que por desgracia solía sucederme

recientemente y tenía relación con mis dolencias. Tuve que

sentarme y repetir varias veces: «Estoy en casa, es de noche,

alguien golpea la puerta», y sólo así logré controlarme. Mien-

tras buscaba las pantuflas en la oscuridad oí que la persona

que llamaba a la puerta daba la vuelta a la casa y murmura-

ba en voz baja. Abajo, en el hueco que hay entre los contado-

res de la luz, guardo una botella de gas paralizante que me

dio Dionizy por si me agredieran los cazadores furtivos, y

justo en aquel momento me acordé de ella. Aunque me ha-

llaba a oscuras conseguí dar con la forma fría y familiar del

aerosol, y armada de aquel modo encendí la luz del exterior.

Eché un vistazo al porche por la ventanita lateral. La nieve

emitió un crujido y en mi campo de visión apareció Pande-

dios, uno de mis vecinos. Éste estrujaba con ambas manos

el viejo abrigo de piel de cordero con el cual lo había visto

trabajar cerca de mi casa, a fin de que se mantuviera apre-

tado alrededor de su cuerpo. Por debajo de éste se veían sus

piernas, enfundadas en una pijama a rayas y unas pesadas

botas de montaña.

—Abre –me dijo.

Sin disimular su extrañeza observó el traje de lino de ve-

rano que yo vestía como pijama (suelo dormir con un traje

que el profesor y su esposa pensaban tirar en verano, el cual

me recuerda las modas de antes y los años de mi juventud,

de manera que sumo lo práctico a lo sentimental) y sin en-

comendarse a dios ni al diablo entró en mi casa.

—Vístete, por favor: Pie Grande está muerto.

La impresión me quitó el habla durante unos segundos;

incapaz de decir palabra agarré unas botas altas para la nieve

y me eché encima el primer forro polar que encontré en una

de las perchas. Al pasar por el halo de luz de la lámpara del

porche la nieve del exterior se transformaba en una lenta y

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somnolienta ducha. Pandedios estaba a mi lado en silencio;

alto, delgado, huesudo, como una figura esbozada con un par

de trazos a lápiz. A cada uno de sus movimientos la nieve

caía de él como de un dulce espolvoreado con azúcar glas.

—¿Cómo que «está muerto»? –logré preguntar al fin, con

la garganta encogida, mientras abría la puerta, pero Pande-

dios no contestó.

En general habla poco. Seguro que tiene a Mercurio en

el signo zodiacal, imagino que en Capricornio o en la con-

junción, quizás en el cuadrado o en oposición con Saturno.

También es posible que tenga a Mercurio en retroceso, lo

cual provoca ese tipo de carácter reservado.

Salimos de mi casa e inmediatamente se apoderó de

nosotros ese aire frío y húmedo, que conocemos de sobra,

el cual nos recuerda invierno tras invierno que el mundo

no ha sido creado para el hombre y al menos seis meses

al año nos muestra cuán hostil es hacia nosotros. El hielo

atacó violentamente nuestras mejillas y blancas nubes de

vaho zarparon de nuestras bocas. La luz del porche se apa-

gó automáticamente y caminamos por la crujiente nieve en

completa oscuridad, si exceptuamos la linterna frontal de

Pandedios, que agujereaba aquella oscuridad en un punto

que se desplazaba unos pasos por delante de él. Yo lo seguía

a pasos cortos en las tinieblas.

—¿No tienes una linterna? –me preguntó.

Claro que tenía, pero ¿dónde? Eso sólo podría averiguar-

lo a la luz del día. Siempre pasa lo mismo con las linternas,

sólo son visibles durante el día.

La casa de Pie Grande estaba un poco retirada, un poco

por encima de todas las demás. Era una de las tres que per-

manecían habitadas durante todo el año. Sólo él, Pandedios

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y yo vivíamos allí, sin temor al invierno; los demás habi-

tantes cerraban herméticamente sus residencias a partir de

octubre; vaciaban las tuberías del agua y volvían a sus res-

pectivas ciudades.

Entonces dejamos el camino del que habían retirado la

nieve parcialmente, el cual pasaba por nuestro poblado y

se ramificaba hasta convertirse en los diversos senderos

que conducían a cada una de las casas. A la de Pie Grande

se llegaba por un sendero hondo que el uso continuo fue

abriendo en la nieve, tan estrecho que nos obligaba a po-

ner un pie detrás de otro todo el tiempo y a esforzarnos por

mantener el equilibrio.

—No es algo agradable de ver –advirtió Pandedios, al

tiempo que giraba hacia mí y me cegaba por completo con

la linterna.

No esperaba otra cosa. Calló un segundo, y como inten-

tando justificarse, agregó:

—Me preocupé al ver luz en la cocina y los ladridos y au-

llidos de la perra, tan desesperados. ¿No oíste nada?

No, no había oído nada. Dormía, aturdida por el lúpulo

y la valeriana.

—¿Dónde está la perra?

—La saqué de allí, me la llevé a casa, le di de comer y se

calmó.

Nos quedamos otro momento en silencio.

—Pie Grande siempre se acostaba temprano y apagaba la

luz para ahorrar, pero en esta ocasión la luz seguía encen-

dida, creando una clara estela en la nieve, visible desde la

ventana de mi dormitorio. Así que fui hasta allí, mientras

me decía que quizá se había emborrachado o maltrató tanto

a su perra que la hizo aullar.

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Dejamos atrás el devastado granero y poco después la lin-

terna de Pandedios sacó de la oscuridad dos pares de ojos

verdosos y fluorescentes.

—Mira, son corzos –susurré con entusiasmo y lo agarré

de la manga del abrigo–. Hay que ver cuánto se han hacer-

cado a la casa. ¿No tienen miedo?

A los corzos la nieve les llegaba casi a la altura de la barri-

ga. Nos miraban tranquilamente, como si los hubiéramos pi-

llado realizando un ritual cuyo significado no alcanzábamos

a entender. Estaba oscuro, así que no era capaz de distinguir

si se trataba de las hembras jóvenes que habían llegado has-

ta allí en otoño desde Chequia, o eran otras. Y de hecho no

deberían ser sólo dos.

Aquéllas eran cuatro por lo menos.

—¡Váyanse a casa! –agité los brazos. Los corzos vacilaron,

pero no se movieron. Nos acompañaron tranquilamente

con la mirada hasta que llegamos ante la puerta. Me reco-

rrió un escalofrío.

Mientras tanto, Pandedios se sacudía la nieve de los pies

frente a la puerta de la casa en ruinas, dando fuertes pisoto-

nes contra el suelo. Pie Grande había sellado las pequeñas

ventanas con diversos plásticos y papeles y la puerta de ma-

dera con tela asfáltica.

En las paredes de la entrada se amontonaban trozos de leña

irregularmente cortada para encender la estufa. Era un es-

pacio desagradable, ¿qué otra cosa podría decir? Sucio y

descuidado. En todas partes se sentía el olor a humedad,

madera y tierra –fría, voraz. El tufo del humo se había ido

posando en las paredes a lo largo de los años hasta formar

una capa grasienta.

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La puerta de la cocina estaba entreabierta y de inmediato vi

el cuerpo de Pie Grande tumbado en el suelo. Mi mirada ape-

nas si lo tocó y acto seguido se apartó de él. Pasó un instan-

te hasta que pude volver a mirarlo. Era una imagen horrible.

Estaba tumbado, retorcido, en una postura extraña, con

las manos junto al cuello, como si hubiera forcejeado para

arrancarse un pedazo de tela que lo ahorcara. Poco a poco,

como hipnotizada, me fui acercando. Vi sus ojos abiertos y

fijos en algún lugar bajo la mesa. Su camiseta sucia estaba

desgarrada a la altura de la garganta. Parecía como si el cuer-

po hubiera luchado contra sí mismo y, derrotado, hubiera

sucumbido. El espanto hizo que sintiera frío, la sangre se me

congeló en las venas y tuve la sensación de que el frío bus-

caba instalarse más adentro aún, en el interior de mi cuerpo.

Apenas un día antes había visto aquel cuerpo con vida.

—Dios mío –farfullé–. ¿Qué le pasó?

Pandedios se encogió de hombros.

—No consigo comunicarme con la policía, mi teléfono se

conecta con los checos.

Saqué del bolsillo mi móvil, marqué el número de emer-

gencias que conocía por haberlo visto en la televisión –el

997– y poco después oí una contestadora automática en

checo. Así son las cosas aquí. La cobertura cambia de un

momento a otro sin prestar atención a las fronteras de los

Estados. En ocasiones la frontera entre las operadoras se de-

tiene a la altura de mi cocina. Llegó a darse el caso de que

permaneciera varios días junto a la casa de Pandedios o en

su terraza, pero es difícil prever su carácter cambiante.

—Tendríamos que ir mucho más arriba de la casa, a la co-

lina –sugerí.

—Cuando lleguen, estará totalmente rígido –dijo Pande-

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dios con ese tono de sabelotodo que me resulta especialmen-

te desagradable. Se quitó el abrigo y lo colgó en el respaldo

de la silla–. No podemos permitir que se quede así. Tiene un

aspecto horroroso, pero era nuestro vecino, después de todo.

Yo miraba el pobre y retorcido cuerpo de Pie Grande y me

era difícil creer que apenas un día antes había tenido miedo

de aquella persona. No me caía bien. Y me quedo corta: no me

gustaba. Más bien debería aclarar que me parecía asqueroso:

horrible. De hecho, ni siquiera lo consideraba un ser huma-

no. Ahora estaba tirado en el suelo, cubierto de manchas, en

ropa interior, sucio, y se veía pequeño, flaco e inofensivo. Un

pedazo de materia que a consecuencia de transformaciones

difícilmente imaginables se había convertido en un ser frágil

y ajeno a todo. Me puse triste, terriblemente triste, porque ni

siquiera alguien tan repugnante como él merecía morir. ¿Y

quién lo merecía? A mí también me esperaba ese destino, y

a Pandedios y a aquellos corzos de allí afuera; todos seremos

un día poco más que eso, un cuerpo sin vida.

Miré a Pandedios para encontrar en él algún tipo de con-

suelo, pero él ya estaba dedicado a tender la cama deshecha,

o mejor dicho, el camastro, el cochambroso sofá cama, así

que debí consolarme yo sola. Entonces me vino a la men-

te que la muerte de Pie Grande en cierta forma podía cons-

tituir algo bueno, en la medida en que lo había liberado del

desorden que era su vida. Además, liberó a otros seres vivos

de él. De golpe me di cuenta de qué buena podía ser la muer-

te, oportuna como un desinfectante o una aspiradora. Reco-

nozco que eso fue lo que pensé, y, de hecho, lo sigo pensando.

Pie Grande era mi vecino, nuestras casas estaban separa-

das por apenas medio kilómetro, pero raras fueron las oca-

siones en las que tuve contacto con él –por fortuna. Lo veía

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más bien desde lejos: su menuda y fibrosa figura, siempre

tambaleante, se deslizaba sobre el fondo del paisaje. Mien-

tras caminaba murmuraba para sí y a veces el viento de la

meseta me hacía llegar jirones de aquel monólogo simple

y predecible. Su vocabulario estaba compuesto principal-

mente de palabrotas a las que añadía nombres propios.

Conocía cada palmo de terreno de esta región, parece ser

que había nacido en estas tierras y nunca había llegado más

allá de Kłodzko. Lo sabía todo sobre el bosque: qué podía

darle dinero, a quién debía venderle qué cosa. Setas, mo-

ras, madera robada, yesca para el fuego, lazos y trampas, la

carrera anual de vehículos todoterreno, las partidas de caza.

El bosque proveía a aquel gnomo, y él tendría que haberlo

respetado, pero no lo hizo. Una vez, en agosto, durante una

época de sequía, prendió fuego a un gran campo de arán-

danos. Llamé a los bomberos pero no lograron salvar gran

cosa. Nunca llegué a saber por qué lo hizo. En verano vaga-

bundeaba por los alrededores con una sierra y talaba los

árboles que se hallaban en la flor de la vida. Cuando le llamé

la atención de la manera más educada posible, se limitó a

responder, controlando su ira con dificultad:

—¡Largo de aquí, vieja chocha!

Sólo que usó peores palabras. Ganaba un dinero extra con

lo que robaba, recogía o trapicheaba aquí y allá. Cuando los

veraneantes dejaban en el patio una linterna o unas tijeras

para podar, Pie Grande siempre encontraba el momento y

arramblaba con todo lo que se podía convertir en dinero. En

mi opinión, debió ser castigado en más de una ocasión, e in-

cluso acabar en la cárcel. No sé cómo lo hacía, pero siempre

salía impune. Quizá cuidaba de él algún ángel; ya se sabe

que de vez en cuando se ponen del lado equivocado.

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Como cazador furtivo sus métodos tampoco tenían lími-

tes. Trataba el bosque como si fuera de su propiedad, todo en

él le pertenecía. Pertenecía a la especie de los saqueadores.

Pasé muchas noches sin dormir por su culpa –por la im-

potencia. Llamé varias veces a la policía, pero cuando res-

pondían a la llamada, tomaban amablemente nota de mi

denuncia, pero nunca pasaba nada. Pie Grande volvía a

las andadas, con su manojo de cepos al hombro, al tiempo

que soltaba unos gritos amenazadores, como una pequeña

y malvada deidad, cruel e imprevisible. Siempre estaba un

poco borracho y quizás era eso lo que liberaba su malévolo

humor. Hablaba entre dientes y golpeaba los troncos de los

árboles con un palo, como si quisiera apartarlos de su ca-

mino; parecía que hubiera nacido en un estado de ligero

ofuscamiento. Fueron muchas las veces que seguí sus pa-

sos y fui recogiendo las primitivas trampas de alambre que

había puesto para cazar animales: lazos atados a árboles jó-

venes, combados de manera que el animal capturado salie-

se volando hacia lo alto, como disparado por una honda, y

quedase colgando en el aire. A veces encontraba animales

muertos por culpa de ese sistema: liebres, tejones y corzos.

—Tenemos que trasladarlo a la cama –dijo Pandedios.

No me gustó la idea. No me gustaba la idea de tocarlo.

—Tendríamos que esperar a la policía –dije. Pero Pande-

dios ya había preparado el lugar en el sofá y se había arre-

mangado el suéter. Me dedicó una mirada penetrante con

aquellos ojos suyos tan claros.

—Imagino que no te gustaría que te encontraran así. En

tal estado. No es humano…

Estoy de acuerdo: el cuerpo humano es algo inhumano.

Especialmente cuando se encuentra sin vida.

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¿No resulta una sombría paradoja que tuviéramos que

ocuparnos del cuerpo de Pie Grande, que fuera a nosotros

a quienes les hubiera dejado ese último problema? A noso-

tros, sus vecinos, a quienes no respetaba ni apreciaba, y a

quienes tenía por menos que nada.

A mí me parece que después de morir debería tener lu-

gar la desmaterialización de la materia. Sería la solución

más adecuada. Los cuerpos desmaterializados volverían así

directamente a los agujeros negros de los que salieron. Las

almas viajarían a la velocidad de la luz hasta la luz. Si es que

existe el alma, claro está.

Sobreponiéndome a la terrible resistencia que sentía, hice

lo que ordenaba Pandedios. Agarramos el cuerpo por bra-

zos y piernas y lo trasladamos hasta el sofá. Constaté con

sorpresa que era pesado, y que no parecía en absoluto iner-

te, sino más bien tercamente rígido, tan desagradable como

las sábanas almidonadas recién salidas de la tintorería. Vi

también sus calcetines, o aquello que tenía en los pies en

lugar de calcetines: trapos sucios, medias formadas con las ti-

ras de una sábana gris hecha jirones y cubierta de manchas.

No sé por qué la visión de aquellas medias me golpeó tan

fuerte en el pecho, en el diafragma, en todo mi cuerpo, al

grado que no pude contener un sollozo. Pandedios me miró

fría, fugazmente y con evidente desaprobación.

—Tenemos que vestirlo antes de que lleguen –dijo Pan-

dedios y vi que también a él le temblaba la barbilla frente a

aquella miseria humana (aunque por alguna razón no que-

ría reconocerlo).

Así que primero intentamos retirarle la camiseta sucia y

apestosa, pero no hubo manera de quitársela por la cabe-

za, y Pandedios tuvo que sacar del bolsillo una complicada

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navaja multiusos y cortar esa tela a la altura del pecho. Pie

Grande estaba ahora tendido ante nosotros en el sofá, me-

dio desnudo, peludo como un troll, el pecho y los brazos cu-

biertos de cicatrices y tatuajes ya ilegibles, entre los cuales

me fue imposible reconocer una sola forma que tuviera un

mínimo de sentido. Conservó los ojos irónicamente entrea-

biertos mientras nosotros buscábamos en un desvencijado

armario algo decente para vestirlo antes de que el cuerpo

se enfriara para siempre y volviera a convertirse en lo que

de hecho siempre había sido: un terrón de materia. Unos

calzoncillos rotos asomaban por debajo de los pantalones

plateados de su conjunto deportivo, recién estrenado.

Retiré cuidadosamente las asquerosas medias y sus pies

me sorprendieron. Siempre he tenido la impresión de que

los pies son la parte más íntima y personal de nuestro cuer-

po: no los genitales ni el corazón, ni siquiera el cerebro, ór-

ganos sin mayor importancia de los que se suele tener un

alto concepto. Es en los pies donde se esconde todo lo que

hay que saber respecto al ser humano, es ahí donde el cuerpo

concentra el sentido profundo y dice quiénes somos real-

mente y cómo nos relacionamos con la tierra. En la manera

que tenemos de tocar la tierra, en el punto en que la tierra se

une con el cuerpo se encuentra el misterio: nos recuerda

que estamos hechos de materia y al mismo tiempo somos

ajenos a ella, que estamos separados de ella. Los pies son

nuestros instrumentos para hacer contacto. Y esos pies des-

nudos eran para mí la prueba de la extraña procedencia de

Pie Grande. Era imposible considerarlo un ser humano. De-

bía tratarse de una forma sin nombre, una de esas formas

que –como dice nuestro querido Blake– lanzan los metales

al infinito y convierten el orden en caos. Puede que fuera una

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especie de demonio. A los seres demoniacos siempre se les

reconoce por los pies, pues pisan la tierra de otra manera.

Aquellos pies tan largos y estrechos, de uñas negras y de-

formes, con esos dedos angostos, parecían ser prensiles. El

dedo gordo estaba un poco separado del resto, como si fuera

otro pulgar. Todos estaban cubiertos de espeso pelo negro.

¿Se había visto algo así antes? Pandedios y yo intercambia-

mos una mirada de asombro.

En el armario, prácticamente vacío, encontramos un tra-

je color café, con alguna que otra mancha, casi nuevo. Nun-

ca vi que lo usara. Pie Grande siempre vestía unas botas

de fieltro y unos pantalones raídos que acompañaba de una

camisa a cuadros y un chaleco de piqué, fuera la época del

año que fuera.

Si vestir al muerto era una especie de caricia, no creo

que en vida Pie Grande hubiera experimentado tanto cari-

ño. Lo sostuvimos delicadamente por debajo de los brazos y

le pusimos la ropa. Su peso descansaba contra mi pecho y

tras una ola de repulsión natural que me produjo náuseas,

de repente, me vino a la mente el impulso de abrazar aquel

cuerpo, darle unas palmadas en la espalda y decirle en un

tono tranquilizador: «No te preocupes, todo saldrá bien».

Si no lo hice fue por la presencia de Pandedios –no fuera a

interpretar eso como un tipo de perversión.

Aquellos gestos no realizados se transformaron en un

pensamiento y sentí lástima de Pie Grande. Quizá lo había

abandonado su madre y había sido un infeliz durante toda

su triste vida. Más que las enfermedades mortales, son los

largos años de desdichas quienes degradan a las personas.

Nunca vi en su casa a otra persona, no lo visitaban familia-

res ni amigos. Ni siquiera los buscadores de setas se paraban

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frente a su casa para charlar con él. La gente le tenía miedo

y no provocaba ninguna simpatía. Parece que sólo mante-

nía cierto contacto con los cazadores, pero muy rara vez. Le

calculé unos cincuenta años, y me dije que daría cualquier

cosa por conocer su octava casa y saber si pesaba en ella

alguna influencia de Neptuno con Plutón y Marte en el as-

cendente, porque cuando Pie Grande cargaba en sus manos

venosas esa sierra dentada recordaba a un rapaz que vive

únicamente para sembrar la muerte y causar sufrimiento.

Para ponerle la chaqueta, Pandedios lo levantó hasta sen-

tarlo y entonces vimos que dentro de su boca la lengua,

grande e hinchada, sujetaba algo, así que tras un instante

de vacilación, apretando con asco los dientes y retirando

varias veces la mano, tomé delicadamente aquel objeto por

la punta y vi que tenía entre los dedos un huesecillo largo

y fino, afilado como un bisturí. En ese instante brotaron un

gorgoteo gutural y una bocanada de aire de la boca muer-

ta, un callado silbido que sonó exactamente igual que un

suspiro, y nos apartamos del muerto. Con toda seguridad

Pandedios sintió lo mismo que yo: terror. Estoy segura de

ello porque poco después salió de la boca de Pie Grande un

flujo de sangre color rojo oscuro, prácticamente negro. Un

funesto flujo que se derramó en el exterior.

Nos quedamos inmóviles y aterrados.

—Vaya –la voz de Pandedios temblaba–, se atragantó. Se

atragantó con un hueso. El hueso se le atoró en la garganta,

se atragantó con un hueso en la garganta, se atragantó –re-

petía nerviosamente.

Y después, como si intentara calmarse él mismo, añadió:

—¡A trabajar! No siempre las obligaciones para con el

prójimo tienen que ser agradables.

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Me quedaba claro que se había nombrado jefe de aquel

servicio nocturno y me puse a sus órdenes.

Nos entregamos por completo a la ingrata labor de em-

butir a Pie Grande en el traje color café y colocarlo en una

postura digna. Hacía tiempo que no había tocado ningún

cuerpo ajeno, por no hablar ya de un cuerpo sin vida. Sen-

tí cómo a cada instante iba apoderándose de él la falta de

movimiento, cómo se iba petrificando minuto a minuto;

por eso nos dimos tanta prisa. Y cuando Pie Grande estuvo

acostado con su traje de fiesta el rostro perdió finalmente

su expresión humana y se transformó, sin duda alguna, en

un cadáver. Únicamente el dedo índice de la mano dere-

cha se negaba a acatar la tradicional posición de las manos

cortésmente entrelazadas, y se alzaba hacia arriba, como si

quisiera llamar nuestra atención y detener por un instante

nuestros nerviosos y precipitados esfuerzos:

—Tengan cuidado, hay algo que no han visto, un elemen-

to oculto y esencial de este proceso, digno de la máxima

atención, que se esconde ante ustedes; gracias a él nos he-

mos reunido en este lugar y en este momento, en una pe-

queña casa de la meseta, entre la nieve y la noche; yo, como

cuerpo sin vida, ustedes, como seres humanos avejentados

y de escasa importancia. Pero se trata apenas del principio.

Es ahora cuando todo está a punto de suceder.

Pandedios y yo permanecimos en la fría y húmeda pieza,

en el gélido vacío que reinó en aquel anónimo amanecer y

pensé que, ya fuera bueno o malo, culpable o puro, lo que

abandonaba el cuerpo había engullido un pedazo del mun-

do y dejaba tras de sí un vacío enorme.

Miré por la ventana. Se hacía de día y lentamente unos pe-

rezosos copos de nieve se dedicaban a llenar la nada. Caían

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suavemente luego de caracolear en el aire y retorcerse alre-

dedor de su propio eje como las plumas.

Pie Grande ya se había ido, así que era difícil albergar al-

gún tipo de rencor o resentimiento hacia él. Quedaba un

cuerpo sin vida, enfundado en un traje. Parecía tranquilo

y feliz, como si el espíritu se alegrara de haberse liberado

finalmente de la materia y la materia se alegrara de haber

sido liberada por fin de ese espíritu. En el transcurso de

aquel breve espacio de tiempo había tenido lugar un divor-

cio metafísico. Y eso era todo.

Nos sentamos junto a la puerta abierta de la cocina y

Pandedios alcanzó una botella de vodka ya empezada que

estaba sobre la mesa. Encontró una copa limpia y la llenó

–primero para mí y después para él. Por la ventana nevada

entraba el amanecer, blancuzco como bombilla de hospi-

tal, y con aquella luz me di cuenta de que Pandedios no

estaba afeitado y que su barba era tan blanca como mi pelo,

que su gastado pijama a rayas sobresalía por debajo del abri-

go de piel, y que éste se hallaba cubierto por todo tipo de

manchas.

Bebí un buen trago de vodka, que me calentó por dentro.

—Creo que hemos cumplido nuestra obligación para con

él. ¿Quién lo habría hecho de no ser nosotros? –Pandedios

parecía hablar más consigo mismo que conmigo–. Era un

pobre y pequeño bastardo, pero ¿y eso qué?

Se sirvió otra copa y la bebió de un trago, y se estremeció

de asco. No estaba acostumbrado.

—Voy a llamarlos –dijo y salió. Como si le hubieran gana-

do las náuseas. Me levanté y examiné aquel horroroso desorden. Espe-

raba encontrar en alguna parte el documento de identidad

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con la fecha de nacimiento de Pie Grande. Quería saber

más, mirar sus facturas.

En la mesa, cubierta con un hule raído, había una fuente

para asar con trozos resecos de algún animal, y en un puche-

ro contiguo, cubierto por una capa blanca de grasa, dormía

una sopa de remolacha. Había una rebanada de pan, corta-

da de la hogaza, y la mantequilla en su envoltorio dorado.

En el suelo, pedazos de un plato roto recubrían otros restos

desperdigados de animales que habían caído de la mesa con

el plato, en compañía de un vaso y trozos de galletas, y ade-

más todo aquello había sido pisoteado sobre el suelo sucio.

En aquel instante, en el alféizar de la ventana, sobre una

bandeja de hojalata, vi algo que mi cerebro reconoció pasa-

do un largo rato, aunque se negaba a hacerlo: era la cabe-

za cuidadosamente cortada de un corzo. Junto a ella había

cuatro patas. Sus ojos medio abiertos debieron seguir aten-

tamente nuestros preparativos todo ese tiempo.

Oh, sí: era una de aquellas hembras hambrientas que se

dejaban atraer inocentemente en invierno con manzanas

medio heladas y que, capturadas en una de sus trampas, ha-

bían muerto entre tormentos, asfixiadas por un alambre.

Cuando comprendí lo que había sucedido allí, fui presa

del horror, segundo a segundo. Pie Grande atrapó al corzo

con uno de sus lazos, lo mató y descuartizó su cuerpo, lo asó

y se lo comió. Un ser se había comido a otro, en silencio, de

noche. Nadie había protestado, no habían tronado los cie-

los. Y sin embargo, el castigo había alcanzado al demonio, si

bien nadie era el causante directo de su muerte.

Tan rápido como me lo permitieron las manos tembloro-

sas amontoné en un único lugar, en una pequeña pila esos

despojos, aquellos huesecillos, para enterrarlos más tarde.

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Encontré una vieja bolsa de plástico y allí los fui poniendo,

uno tras otro, en aquel sudario de plástico. Y también metí

con cuidado en la bolsa la cabeza del animal.

Era tan grande mi deseo de conocer la fecha de naci-

miento de Pie Grande que empecé a buscar nerviosamente

su cédula de identidad: en el aparador, entre papeles, hojas

de calendario y periódicos, después en los cajones; es ahí

donde se guardan los documentos en las casas de los pue-

blos. Y allí era precisamente donde estaba la identificación,

con sus tapas verdes destrozadas y seguramente ya caduca-

da. En la foto, Pie Grande tenía veintitantos años, un rostro

alargado, asimétrico y los ojos medio cerrados. No era gua-

po, ni siquiera entonces. Con el cabo de un lápiz, tomé nota

de la fecha y el lugar de nacimiento. Pie Grande había naci-

do el 21 de diciembre de 1950. En aquel lugar.

 

Y debería añadir que en aquel cajón había algo más: un

mazo de fotografías, bastante nuevas, a color. Les eché un rá-

pido vistazo –la costumbre– y una de ellas llamó mi aten-

ción. La miré más de cerca cuando ya la iba a dejar, y durante

largo tiempo no pude entender qué estaba viendo. De repen-

te, se hizo el silencio y me encontré en su mismísimo cen-

tro. La miré. Mi cuerpo se tensó, preparado para la lucha.

La cabeza me daba vueltas y en mis oídos iba aumentando

un sombrío zumbido, un rumor, como si desde el horizonte

se fuera acercando un ejército de miles de soldados, dando

de gritos, haciendo entrechocar sus armas, rechinando las

ruedas, todo a lo lejos. La ira hace que la mente sea más cla-

ra y aguda, que se vean más cosas. Se apropia de las otras

emociones y domina el cuerpo. De la ira nace toda sabidu-

ría, no cabe duda, porque la ira traspasa cualquier frontera.

Con manos temblorosas me metí las fotografías en el

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Bolsillo y un segundo después oí cómo todo se ponía en mar-

cha, cómo se echaban a andar los motores del mundo y cómo

la maquinaria se ponía en movimiento; chirrió la puerta, cayó

al suelo otro tenedor. Los ojos se me llenaron de lágrimas.

Pandedios estaba en la puerta:

—No se merecía tus lágrimas.

Tenía los labios apretados y marcaba un número sin per-

der la concentración.

—Todavía responde la operadora checa –soltó–. Hay que

subir a la colina. ¿Vienes conmigo?

Cerramos la puerta detrás de nosotros, en silencio, y nos

pusimos en marcha abriéndonos paso por entre la nieve. En

cuanto llegamos a la colina, Pandedios se dedicó a girar sobre

sí mismo, con los dos teléfonos móviles en las manos, en bus-

ca de cobertura. Teníamos ante nosotros toda la Cuenca del

Kłodzko bañada por la plateada y cenicienta luz del amanecer.

—Hola, hijo –dijo Pandedios al teléfono–. ¿No te habré

despertado?

Una voz respondió algo ininteligible.

—Nuestro vecino ha muerto. Creo que se ha ahogado con

un hueso. Ahora mismo. Esta noche.

La voz al otro lado dijo algo.

—No. Por eso llamo hasta ahora. No había cobertura. Ya

lo hemos vestido, la señora Duszejko y yo, ya sabes, mi veci-

na –me miró fugazmente–, para que no se quedara rígido…

Y sonó de nuevo la voz, como si estuviera más nerviosa.

—Bueno, en todo caso ya tiene puesto el traje…

Entonces alguien del otro lado habló mucho y rápido, así

que Pandedios apartó el teléfono del oído y lo miró con de-

sagrado.

Después llamamos a la policía.

(…)

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